
Soy un gran aficionado al deporte. Siempre he sido un tío sanote, que desde los 12 años no ha parado de hacer deporte. Fui campeón de voleyball con 15 años militando en el equipo más importante de la provincia, sobresalía en los exámenes de Educación Física y he heredado de mi padre cierta facilidad (a veces pasmosa, os lo prometo) para aprender a defenderme en cualquier deporte en muy poco tiempo.
Si algo me ha diferenciado a mi y a mis compañeros de fatigas del resto de nuestra generación escolar, ha sido que teníamos otros intereses. Ya sabéis que adoro la música y que progreso para convertirme en un auténtico cinéfilo, pero creo recordar que nunca comenté el amor que le tengo al deporte. Gracias a él, conseguí pasar a salvo la difícil etapa de la adolescencia, ya que nunca me llamaron la atención las drogas ni caí en el botellón, porque por las tardes después de clase tenía el tiempo justo para estudiar y para irme a entrenar. Haciendo memoria, creo que desde los 14 años, cumplo a rajatabla las dos horas diarias como mínimo, descansando un día a la semana.
Me ayudó a relajarme con los exámenes, a crecer fuerte y sano y a encontrar otra seña de identidad (aparte de mis conocidas por todos camisetas de bandas musicales y mi conciencia abierta de izquierdas), y jamás podré agradecerle lo suficientemente a mi padre que desde muy pequeño me llevara con él a darle patadas a una pelota, o que no me dejara quedarme en casa viendo la tele o jugando a los videojuegos. También gracias a esto nunca me ha dado fuerte la fiebre de Internet, entre otras cosas porque no tengo tiempo.
Pero bueno, ahora me voy a centrar en el baloncesto, que es el título de este “relato” (por cierto, ahora mismo mientras escribo está sonando el Disintegration de The Cure, ala, ya quedó constancia de la música). Cuando era pequeño, mi mejor amigo era Félix, un chico con el que pasé toda mi infancia y prácticamente toda la adolescencia, hasta que circunstancias varias hicieron que desde hace casi 3 años, nos distanciáramos casi totalmente. Pues bueno, los dos nos pasábamos horas y horas desde que cumplimos los 13 años jugando al baloncesto, jugando a ver quien metía la canasta más inverosímil, haciendo el payaso en general, y casi sin darnos cuenta, cada vez jugábamos un poco mejor.
Siempre que no había mucho que estudiar, acudíamos con nuestra vieja pelota de baloncesto y estábamos desde las 5 de la tarde hasta que se hacía de noche en el patio del colegio, y poco a poco se fueron sumando más amigos, a saber: Quique, Pablo, Johny… muchos. Horas de deporte y de risas, muchas. Y así pasaron los años, llegó el Bachillerato, y todavía seguíamos jugando y ya por entonces, aunque no pudiera venir nadie, yo iba sólo con mi balón a echarme unas canastas, sobre todo cuando necesitaba pensar, y el deporte me ayudaba muchísimo a despejarme o cuando quería estar sólo. El amor por el deporte me diferenciaba del “resto del corral”, y todos buscamos nuestra individualización, así que yo la encontré pronto.
Y cuando llegué a la facultad, empecé a jugar con más gente, y me trasladé al patio de otro instituto, cuya verja está abierta, y se ha convertido de manera no oficial, en la pista de los que disfrutamos del basket callejero en Cádiz. Pablo, Manolo, Leandro, Jose, “Rodman”, “Jordan”… Hoy día ya tenemos montado un grupo fijo, más los que nos “retan”, de manera que es imposible pasar por ese instituto y no escuchar algún bote de una pelota de baloncesto.
Para mi, el deporte es terapéutico (joder, qué buena es Fascination Street), y en estos últimos 3 años, no he parado de ir a jugar, ya no sólo por gusto, sino cada vez que tengo un problema, mi manera de afrontarlo y de hacer que no me hunda, es entrenarme duro. Llegar castigado físicamente a casa hace que sólo tengas ganas de cenar y dormir, y cuando llevas así un tiempo, cuando no te quieres dar cuenta de pronto ya ha pasado mucho tiempo de el problema y ya ni te acuerdas.
Hay para mi un acto de “purificación” en el deporte. Cuando sudo y me ejercito, aparte de que estoy hecho un toro, cuando la bola entra en la cesta, por muy mal que estén las cosas, sonrío, además sin darme cuenta, como lo hacía Jordan, con cierto gesto picaresco que mucha gente cuando juega contra mí lo confunde con prepotencia, pero no, es felicidad. Y es que el deporte, y en concreto el baloncesto, tiene mucha culpa de mi felicidad, y de como soy. Disciplinado, sacrificado y con un elevado concepto de la amistad.