
Qué largos se me hacen siempre los domingos. Todo cerrado, la gente aprovecha para dormir, abandonar la ciudad para comer en la sierra, o para acudir en masa a la playa. Metidos de lleno en pleno junio (otro año que se está pasando volando), el calor ya está golpeando fuerte por aquí, obligándonos a defendernos a base de bebidas frías, ventiladores, y algún que otro aire acondicionado.
Pero a diferencia de la mayoría de la gente, mi parte favorita de los domingos es el anochecer, es entonces, cuando la brisa suave de poniente empieza a golpear la costa, y el sol comienza a ocultarse, cuando voy a la playa, me quito los zapatos, y siento el agua correr entre mis dedos mientras paseo por la orilla y me pierdo en mis pensamientos…